Por qué no podemos estar bien si (todo) lo demás no está bien.

¿Cómo estás?

Resulta curioso que la pregunta por excelencia en conversaciones de ascensor sea, a su vez, una de las más difíciles de contestar. Porque, realmente ¿cómo estamos? Nuestros labios responden, de manera casi automática, que “bien”. Pero si le dedicásemos una reflexión mayor, o si fuéramos realmente honestos, nuestra respuesta requeriría darle al botón “stop” en el ascensor, llevarse la mano al mentón y estructurar un discurso repleto de contradicciones y, probablemente, con final abierto inconcluso.

El ser humano lleva toda la historia buscando estar bien. Pero eso no significa que lleve toda la historia buscando lo mismo. La idea de bienestar, como tal, es más o menos reciente, y anglicismos como wellness o wellbeing llevan con nosotros aún menos tiempo. Es como esa anécdota recurrente de que los esquimales tienen decenas de palabras para referirse a la nieve: en las sociedades occidentales, conforme hemos ido ganando en bienestar, nos hemos visto impelidos a ramificar, evolucionar y expandir el propio concepto. Porque, así como en épocas remotas (o lugares remotos) estar bien era casi sinónimo de estar vivo, ahora, para nuestras sociedades, acostumbradas como lo están a tener sobradamente cubiertas sus necesidades básicas, la búsqueda de un bienestar mayor, más intenso, más profundo, se ha convertido en la siguiente gran meta colectiva.

Pero se trata de una meta huidiza. Si bien hemos alcanzado cotas de bienestar inimaginables décadas atrás, no digamos ya siglos, el proceso no parece tener fin. Nunca llegamos a ese estado quimérico de bienestar absoluto o definitivo.

Así que, o bien ese estado, como tal, no existe o bien nos estamos equivocando de recetas. O, seguramente, un poco de los dos. Es probable que un estado de bienestar holístico, constante y perenne sea inalcanzable, pero no por eso debemos dejar de perseguirlo (al fin y al cabo, ¿qué objetivo mayor podemos tener como especie que la mejora continua?). Así que solo nos queda un marco de actuación: repensar las recetas.

Seamos honestos: no estamos bien. En las mismas partes del mundo en las que supuestamente hemos alcanzado cotas máximas de lo que hasta ahora hemos considerado bienestar, surgen nuevos males endémicos que asolan nuestros estados de ánimo: ansiedad, depresión, ausencia de significado, adicciones, soledad, vacío. No es casualidad. No vivimos en un sistema neutro, sino que estamos condicionados por una lógica en la que hemos cimentado nuestra cultura, nuestra medicina y nuestros valores: la capitalista.

Y, siguiendo dicha lógica, hemos tratado el bienestar como lo tratamos todo: como una industria. Así, durante el último siglo hemos tratado de paliar nuestros males desde la producción y el consumo, vinculando de manera peligrosa el ser con el tener y el consumir. Para estar bien necesitábamos tener un trabajo, una vivienda, una pareja. ¿Y para estar mejor? Más dinero, una casa más grande, una pareja más atractiva. Más, más, más. Por suerte, a partir de la década de los 60 del siglo pasado, comenzamos a repensar esa concepción de bienestar para trabajar también en la parte espiritual, la conexión, la creación de sentido. Surgió el movimiento hippie, el new age y toda una serie de ideas bienintencionadas que, sin embargo, acabaron siendo fagocitadas también por el propio sistema y convertidas en industria. Lo mismo sucedió en gran medida con el wellbeing.

Aclaremos conceptos. El Global Wellness Institute define el wellness como la “búsqueda activa de actividades, elecciones y estilos de vida que dirijan hacia un estado de salud holística”. Esta última parte es especialmente interesante: salud holística. El wellness significó un salto cualitativo en el concepto de bienestar: ya no se trataba de cubrir necesidades básicas, sino que ampliaba el foco a cuestiones como la emocional, la espiritual, la física o la ambiental. De aquí nació una poderosa industria que, si bien ha ayudado a avanzar cualitativamente en nuestra búsqueda del bienestar, no dejó de ser eso: una industria. Ahora, para estar bien no bastaba con tener el trabajo, la vivienda o la pareja, sino que además debíamos sacar un rato para hacer yoga entre jornada y jornada, redecorar el piso según dicta el feng-shui y tener largas sesiones de terapia conjunta. Por supuesto, pasando por caja cada vez. Que nadie malinterprete: el wellness ha supuesto un gran avance y no hay nada de malo en esa búsqueda de mejora individual. El problema es que no es suficiente. Y no lo es, precisamente, porque es individual.

Una persona que vive en una capital occidental y trabaja en, pongamos, una startup tecnológica, puede alcanzar un estado de relajación, conexión y plenitud puntual tras una larga sesión de yoga, sí, pero luego se dará una ducha con agua calentada a base de gas proveniente de un país inestable azotado por el malestar social y las injerencias externas, se comerá una tostada de aguacate cultivado en condiciones de semiesclavitud y leerá en un diario online que otro glaciar milenario se acaba de quebrar en el círculo polar ártico. ¿Cómo se puede estar bien, realmente bien, en un mundo que no lo está? Es más, ¿cómo se puede estar bien precisamente a costa de ello?

No basta con estar, puntual, momentánea e individualmente bien. Por eso mismo el wellness no es la solución. Necesitamos, por una parte, un bienestar más sólido y duradero. En este sentido, el concepto well-being supone una evolución, pues trasciende esa búsqueda de “salud holística” a partir de actividades concretas para referirse a un estado duradero de algo más parecido a lo que entendemos por felicidad. De un modo algo simplista, aunque efectivo, podríamos decir que el wellness te propone meditar 20 minutos al día, mientras que el well-being te invita a incorporar la atención plena a tu estado de conciencia habitual. El wellness ofrece “parches” de bienestar; el well-being conlleva interiorizar cambios profundos en pos de dicho bienestar.

Entonces, ¿es el well-being la solución? Es un paso, pero no el definitivo. Porque, si bien este es más sólido y duradero que el wellness, nos falta otro aspecto que corregir, uno probablemente aún más importante: el de la individualidad. Necesitamos hacer del wellness algo constante, sí, pero también algo colectivo o, mejor aún, holístico.

En un mundo cada vez más conectado, el individualismo que tan profundamente nos ha inculcado el sistema capitalista es, ya no caduco, sino nocivo y contraproducente. Si nuestro bienestar desempodera a otros, destruye el planeta y no colabora en hacer del mundo un lugar mejor, no es bienestar. Y por eso mismo, no nos satisface.

Es el momento de ampliar el foco y sumar a nuestro bienestar el de los demás y el del planeta mismo. Estamos bien si nuestras actividades, elecciones y estilos de vida dirigen hacia un estado de salud holística, sí, pero esa salud holística no se puede limitar a nosotros. La salud y la felicidad holística deben trascender nuestros cuerpos y mentes, nuestros países, nuestras sociedades y hasta nuestra especie. Deben trascender, incluso, el tiempo y el espacio. El well-being no debe trabajar solo para mí: el well-being debe trabajar todos, para todo y, en definitiva, para sí mismo.

De ahí nace el concepto metawellbeing, una plenitud absoluta fruto de una voluntad simbiótica en la que el bienestar ajeno y global se convierten en el nuestro. Una suerte de altruismo egoísta, si se quiere. 

Sí, quizá suene algo idealista, incluso utópico, pero, desde luego, nadie puede negar que también es lógico. Las viejas recetas no están funcionando, ¿qué tal si probamos algo nuevo? Quizá así, algún día, ni siquiera preguntaremos “¿cómo estás?” en el ascensor, porque sabremos de antemano cuál es la respuesta.

Dejar un comentario