¿RESILIENCIA, ANTIFRAGILIDAD, O NINGUNA DE LAS DOS?

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El siglo XXI está lleno de incertidumbre.

Vivimos un periodo cambiante y acelerado. La complejidad creciente está provocando disrupciones como la actual crisis de suministros, el caos climático o el aumento del precio de la energía. Y con ello, aumentan también las propuestas para tratar de ayudar a comprender las claves de nuestra era. Una serie de ideas y nuevos términos están surgiendo para analizar y tratar de gestionar de la mejor manera posible este periodo inestable. Antifragilidad es una de esas palabras que vienen a intentar empujar en la dirección correcta. Lo que vamos a analizar es si en parte hace un poco lo contrario.

Hace unos pocos años, la palabra resiliencia recibió un espaldarazo del propio sistema. Muchos libros, terapias, programas de televisión, etcétera, explicaron el concepto y lo difundieron. Resumiendo mucho, resiliencia es: la capacidad de aguantar frente a una crisis o un shock. Muy conveniente en plena salida de la crisis financiera y ejemplo perfecto de que estas ideas suelen tener dos caras.

Ser resiliente como el junco, que se dobla pero no se parte, que se flexiona lo suficiente para permanecer igual que antes de la tormenta y siempre sigue en pie. Apropiado, pensaremos algunos, incluso útil. Pero en cierta manera también un poco cruel. Si no eres resiliente, si la vida, a veces cruel e implacable, te parte, podría ser porque no te lo has merecido lo suficiente. La culpabilidad se dirige hacia el individuo mientras el brutal sistema que se alimenta de las crisis sale indemne.

Pero a Nicholas Nassim Taleb ni siquiera le parece suficiente. En su libro Antifrágil: Las cosas que se benefician del desorden, el ensayista libanés describe la antifragilidad como la capacidad de sacar provecho del estrés o de las crisis, de la incertidumbre y del cambio. No solo sostenerse en pie sino incluso beneficiarse y mejorar. De la misma manera que la mitológica Hidra generaba dos cabezas nuevas cada vez que le cortaban una de ellas, una persona o sistema antifrágil es mejor después del trauma que le ha tocado pasar. Lo que no me mata me hace más fuerte. Según dice Taleb: estaríamos sobreprotegiendo la economía o la salud.

El inesperado éxito mundial de Nassim Taleb vino cuando se dedicó a analizar los fracasos aparentemente impredecibles de los demás en su bestseller “El cisne negro”, que anticipó en parte la crisis financiera de 2008. En realidad, él mismo es un magnífico ejemplo de lo que es ser Antifrágil. Aprovechar una crisis para salir beneficiado. Quizá por eso es un defensor del término. Porque se está defendiendo a sí mismo.

Si te educas para la resiliencia te estás equivocando (en la opinión de Taleb) porque te estarás educando simplemente para aguantar el shock, no para hacer de él una especie de oportunidad de mejora. El principal problema de este discurso – que en algunas cosas da en el clavo: como que el sistema económico está mal acostumbrado, los bancos son rescatados hagan lo que hagan, y por ello vuelven frágil a la totalidad del sistema económico-, es que puede ser fácilmente malinterpretado o usado interesadamente para defender la competencia a ultranza, e incluso una suerte de ley del más fuerte. Cuando además, la biología ya ha demostrado que es la cooperación –primero a nivel celular con la maravillosa simbiogénesis de Lynn Margulis, luego ya en sociedades complejas- el principal mecanismo evolutivo de nuestra especie. Y aquel que habría que potenciar y rápido, nos va la supervivencia de la propia vida en ello.

A veces, discursos como el de la obra Antifrágil –que beben de la mentalidad economicista neoliberal que domina el imaginario de nuestros tiempos- olvidan que una cadena es tan fuerte como lo es la más débil de sus partes. El eslabón más frágil marca la resistencia de un sistema complejo. Y ese es el problema de estos discursos, que obvian que la búsqueda del beneficio individual a expensas de todo lo demás, es justo lo que nos ha traído hasta aquí. A la intersección de las crisis ecológica, energética, sanitaria y de desigualdad. La búsqueda de la mejora incesante a toda costa, sin tener en cuenta a aquellos que no pueden ser tan “antifrágiles”, acaba por hacernos más frágiles a todos. Tenemos un buen ejemplo reciente, del cual aún estamos pagando la factura. La pandemia debería servirnos para buscar una mentalidad de especie, que nos sirviese para tratar de buscar más el equilibrio y la equidad, que el beneficio individual a toda costa. Pero no, vacunas solo para medio mundo, y liberalizar las patentes para avanzar en la investigación, no, no, eso sería comunismo.

Taleb defiende que “hemos estado fragilizando la economía, nuestra salud, la vida política, la educación, y casi todo el resto de las cosas” al “eliminar el azar y la volatilidad”. El problema de esa idea para empezar es que es falsa. Para terminar es que podría alimentar discursos absolutamente protofascistas. El azar sigue teniendo su papel y la volatilidad es cada vez mayor debido al exceso de complejidad –que le pregunten a las víctimas de los desastres climáticos crecientes. Y como decía, solo imaginaos que tipo de posiciones podrían considerar un acierto aquello de que estamos protegiendo la salud en exceso.

En definitiva en cuestiones sociales hay que tener mucho cuidado al generalizar. Al buscar “leyes sociales”. Igual más que leyes lo que estamos encontrando son tendencias, matizables, no universalizables y siempre discutibles. Pero claro, eso convierte en compleja una materia ya de por sí laberíntica, y dificulta el vender tantos libros. Triunfa más uno con “la receta definitiva”. Es una pena que Taleb caiga en posiciones que se podrían asemejar a las de un coach, porque es innegable que es un auténtico genio y el libro está lleno de ideas enriquecedoras, pero la principal, apesta.

En el siglo XXI, el siglo de los límites, ya no nos vale con discursos individualistas y cortoplacistas. Solo tratar de replicar cómo funciona la propia vida, la biomímesis, buscar la cooperación por encima de la competición, nos puede salvar de nosotros mismos.

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Juan Bordera

Journalist and content creator.

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