¿Y si trabajar un día menos fuera necesario para vivir mejor?

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¿Por qué todos deberíamos estar exigiendo una jornada laboral de 4 días?

Para empezar, porque nos beneficia a todos. Y, como vamos a ver, nos sobran las razones.  

Trabajamos las mismas horas desde hace más de 100 años. El 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la histórica huelga en Chicago que acabaría con la consecución del derecho que aún rige en el mundo laboral. En Europa tardó 30 años más en hacerse realidad. Fue la URSS en 1917 el primer país en concederlo. En España, que fue el segundo, ocurrió tras la Huelga de La Canadiense en 1919. Desde entonces la productividad se ha multiplicado varias veces y sin embargo, seguimos trabajando las mismas 8 horas diarias que hace 100 años. Alguien se ha beneficiado mucho de todo esto y desde luego no es la mayoría. Sigamos.

La situación de extralimitación ecológica (ecological overshoot) y de escasez de energía y materiales ya patente –está aumentando el coste de todas las fuentes de energía y con ello se encarece y tensiona la cadena de suministros por completo- hace aún más atractiva la propuesta de reducción de la jornada laboral. La reducción del número de desplazamientos, y por tanto de emisiones sería una consecuencia directa y evidente con efectos inmediatos. Además, trabajar menos supondrá probablemente producir un poco menos, lo necesario, y así poder valorarlo más. Es una manera de suavizar nuestro impacto sobre el planeta y aflojar nuestra presión sobre los recursos materiales y energéticos. La parte ecológica de la propuesta es la más incuestionable. Llevamos 2: repartir los beneficios de los aumentos en productividad y responder mejor al reto climático y energético. Pero hay más.

No estamos teorizando. La medida ya se ha puesto en práctica en varios lugares, mediante proyectos piloto cofinanciados por gobiernos concretos que buscan ver sobre el terreno los impactos reales de reducir la jornada laboral a 4 días. 32 horas semanales. Y los resultados son absolutamente concluyentes.

En Islandia, por ejemplo: el país del frío y los volcanes optó por realizar este experimento durante cuatro años sin reducción salarial y los investigadores aseguran que el resultado ha sido favorable tanto para las empresas como los trabajadores. Las empresas han visto una mejora en la productividad, que puede compensar incluso las horas de menos que se trabajan. Por su parte, los empleados han aumentado su bienestar y reducido su estrés. La cuadratura del círculo. Hay otros ejemplos donde se ha puesto en práctica en regiones o empresas concretas que habría que analizar pormenorizadamente y con muchos matices, pero parecen conducir a resultados similares. Ya van tres motivos. En España se ha acordado hacer un proyecto piloto con 50 millones de euros que debería llegar a entre 200 y 400 empresas para que, a cambio de ayudas financieras, reduzcan la jornada de los trabajadores sin pérdida de salario para éstos. 

No es casualidad que esta propuesta esté cogiendo fuerza sobre todo en aquellos países que forman parte de la Wellbeing Economy Alliance: which currently comprises Scotland, New Zealand, Iceland, Wales and Finland. Estos países están dispuestos a abandonar el GDP como medidor y caminar hacia una economía que tenga en cuenta los principios de un nuevo marco de pensamiento. Un nuevo planteamiento que entienda de límites, de ecología, de necesidades básicas, de cuidar en colectivo de los bienes comunes. Un planteamiento que no caiga en los errores que han lastrado casi cualquier propuesta económica conocida en los últimos siglos: productivismo y expansionismo. Ambas, recetas del desastre.

Y aún falta otro de los más importantes: esta medida mejoraría la conciliación familiar. Sería parte importante de una economía que tuviera más en cuenta los cuidados, los grandes olvidados en la economía actual. Y cuyo peso recae principalmente sobre las mujeres. Es decir, también tiene una parte netamente feminista que se suma a la ecologista, a la de justicia social y a la de los beneficios a largo plazo para todos. ¿Entonces? ¿Dónde están los argumentos en contra? ¿Por qué no se aplica inmediatamente?

Esta es quizá la parte más complicada. Pero a la vez es terriblemente simple. El principal motivo se llama inercia. Nos cuesta cambiar hábitos. Mucho más si esos hábitos forman parte de un sistema global. Además, vivimos momentos convulsos en los que no hay precisamente una gran estabilidad. Un cambio así haría menos competitivos algunos sectores de algunos países concretos si no se aplica en todo el mundo a la vez. Ese es uno de los pocos argumentos que se defienden desde la postura del “no” que tienen algo de sentido. Otro argumento es que hay ciertos sectores donde no se podrán encontrar algunos de los efectos positivos. Por ejemplo, un psicólogo o un médico de cabecera difícilmente pueden aumentar la productividad en una hora de su tiempo. Así que habrá que ver la aplicabilidad sector por sector, pero sin duda estamos ante una propuesta que tiene mucho presente y que está destinada en el futuro a estar cada vez más inmersa en los debates sobre cómo mejorar las condiciones laborales, y sobre cómo reducir nuestro impacto sobre los ecosistemas que nos sostienen.

Ya no vale el argumento de que se va a hundir la economía. Ya se dijo que iba a ocurrir con la jornada de 8 horas hace un siglo, y ocurrió lo contrario.

Ese simplemente es el argumento de los que se benefician de un sistema que infravalora muchos trabajos esenciales. Es más, parece ocurrir que al tener más tiempo libre las personas no reducen su consumo, precisamente. Y si la economía está en riesgo es por seguir con recetas del siglo XVIII –volvemos a las problemáticas inercias-, de cuando el mundo no parecía finito. Las ventajas de esta propuesta son incuestionables. El momento de probar cosas diferentes para obtener resultados mejores ha llegado. Y aunque las cosas se puedan complicar por otros motivos, no será por la reducción de la jornada laboral, sino por haber caído en lo contrario durante demasiado tiempo, tanto, que hemos agotado una gran parte de los recursos. Cuidar de ellos mejor mientras nos dedicamos más tiempo a nosotros mismos no solo es posible, es necesario.

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Juan Bordera

Journalist and content creator.

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