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Las siglas COP admiten muchas posibles variables, y muchas que sin duda se adecúan más a lo que allí ocurre que “Conference of the Parties”, que es su versión oficial.

 

Concilio de la Procrastinación sería una de las posibles descripciones más ajustadas a la realidad de lo que en Glasgow está ocurriendo. La procrastinación es la acción de retrasar o posponer innecesaria y voluntariamente algo a pesar de saber que habrá consecuencias negativas por hacerlo.Procrastinar es también exactamente lo que llevan décadas haciendo las naciones más desarrolladas para evitar asumir un desafío que parece que les supera: cómo asumir los compromisos necesarios para hacer frente al enorme reto climático, al tiempo, que se complace lo suficiente a las poblaciones de sus respectivos países, para así seguir teniendo estabilidad política y económica. La cuadratura del círculo.

 

La transición ecológica y energética es un laberinto con muchas puertas falsas y negociaciones arduas e insuficientes con feroces lobbies implacables. Y en la que solo se entrevé una única salida poco definida aún, pero que ineludiblemente pasaría por las propuestas que asumen un decrecimiento en el Norte global, atajando la problemática más clave de todas: la desigualdad económica. Esto ya ha sido asumido por el IPCC, como demostró la filtración de una parte de su informe -el grupo III- hace unos meses, o por la European Environmental Agency. También ha aparecido reflejado en la portada del New York Times.

 

Sin embargo, todas las noticias que llegan desde la COP26 en Glasgow -donde me encuentro desde hace unos días- apuntan a que la Cumbre del Clima más importante de la historia (tras dos años de parón y una pandemia) pasará a la misma como otra oportunidad perdida de hacer lo que va a ser imprescindible hacer de cualquier manera. Atajar el problema de la imprescindible reducción en el uso de energía y materiales, para hacer frente al cambio climático y también a la escasez de esos recursos clave. Prepararse y planificar una salida conjunta y lo más justa posible. Cooperate or Perish. Otras siglas que me parece que se adecuarían mucho mejor a lo que debería ser esta COP y todas las que sean necesarias después. Las que vengan después deberían mejorar su diseño si quieren transformar más la sociedad y deberían asumir más contacto con esa sociedad civil que dicen representar.

 

La activista Greta Thunberg ha definido con una claridad insolente lo que es la COP26 de Glasgow -de momento.  “This is no longer a climate conference” “This is now a global north greenwash festival, a two-week-long celebration of business as usual and ‘blah, blah, blah”.

Y lo dice con toda la razón del mundo: se ha sabido que el ‘lobby’ de los combustibles fósiles ha penetrado con tanta fuerza dentro de la COP, que si fuese un país, tendría la delegación más numerosa. También ha habido denuncias de financiación por parte de estos lobbies que afectan hasta a la “cima de la cumbre”, su presidente, el conservador Alok Sharma, recibió donaciones de grupos de presión con intereses en los combustibles fósiles.

 

Fuera de las zonas de decisión, la sensación compartida mayoritariamente es que tendríamos que asumir que estamos en una situación de emergencia, comunicarlo así y luego obrar en consecuencia, -no como, por ejemplo, Boris Johnson y su jet privado.

 

Mientras se firman los acuerdos de la procrastinación, para llegar a las emisiones “net zero” en todas partes para 2050, China para 2060 e India para 2070, lo que interesaría saber mejor es cómo esas medidas piensan implementarse de manera concreta mientras se pretende seguir creciendo en todo el mundo y no se aborda el elefante en la habitación: la imposibilidad de seguir creciendo en los países ricos y a la vez cumplir con la transición ecológica y energética con un mínimo de justicia social. 

 

Porque además puede ocurrir lo mismo que ya ha ocurrido con otros acuerdos del pasado, que se firman, se aprueban, pero no se ponen en marcha nunca, como los famosos “US$100 billion a year”, que iban a ir a parar a “the less wealthy nations”, y que aún no se han materializado. No más blah, blah, blah, ni más ejercicios de procrastinación avanzada, por favor.

 

En la COP26 se está hablando de muchos temas y medidas clave, entre las que destacan acelerar la eliminación del carbón -con un acuerdo que ni Estados Unidos ni China han suscrito-, luchar contra la deforestación, acelerar la implantación de tecnologías limpias o suscribir un pacto para reducir las emisiones de metano en un 30% para el 2030; uno de los acuerdos más importantes que hasta la fecha han firmado más de 100 países, pero que no ha sido apoyado ni por Rusia ni por China ni por India. Los principales dirigentes de estos países tampoco han asistido a la cumbre, evidenciando las diferencias entre el bloque de países occidentales y el de los emergentes al respecto de cómo atajar la situación.

 

En Glasgow, afortunadamente, también está habiendo espacio para las acciones disruptivas de los movimientos -como la marcha de más de 100.000 personas el pasado día 6- o la de miembros de la comunidad científica que anunciaron días antes que pretendían ser detenidos para llamar la atención, y lo hicieron, encandenándose los unos a los otros para denunciar que este problema nos afecta a todos, llegando a bloquear uno de los puentes claves del acceso al centro de Glasgow durante más de 4 horas en las que llovió a mares.

 

También hay tiempo para los debates entre la sociedad civil, en la People’s Summit For Climate Justice, donde se están encontrando los movimientos y colectivos de la sociedad civil para organizarse, compartir propuestas e información en los últimos días de esta COP. En esas charlas y acciones se están tratando temáticas clave como el decrecimiento o la democratización a través de las asambleas ciudadanas, necesarias para estimular la inteligencia colectiva y la concienciación de la gravedad del problema.

 

Estamos ante una cumbre que está destinada a pasar a la historia, la pregunta que queda por responder es cómo va a hacerlo. Si como un ejercicio más de greenwashing y procrastinación, como de momento todo parece indicar, o como el momento en el que los países acordaron medidas vinculantes que tengan en cuenta las desigualdades -de responsabilidades y consecuencias-, y empiecen a ponerse de acuerdo en el asunto en el que más nos jugamos a largo plazo: planificar un descenso en el uso de energías y materiales suficiente para no desestabilizar el único clima estable que nuestra civilización ha conocido nunca.

Juan Bordera

Juan Bordera

Escritor freelance / colaborador con magazines como "El Salto", "Ctxt", "El Diario"

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