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Cuando la COP26 terminó, con ella se esfumaron las esperanzas de medio mundo (luego explicaré por qué al otro mundo no le interesa ir tan rápido como se requeriría).

 

Los acuerdos para limitar el acelerado aumento de la temperatura no llegarán de Glasgow. Los pequeños pasos que se han dado son insuficientes para abordar la magnitud del problema climático y enfrentarlo como toca. La política, tal cual la hemos concebido hasta la fecha, se está demostrando absolutamente incapaz de gestionar las crisis que se están solapando por el desarrollo de nuestro sistema económico, que pretende crecer infinitamente en un planeta finito.

Como si eso fuera posible.

 

Si quieres un resultado diferente, no hagas lo mismo una y otra vez, decía el genio. Pues quizá ha llegado el momento de cambiar, y de verdad.

Antes de entrar en lo que realmente importa, resumamos los acuerdos que se pueden destacar, que son pocos. El Pacto Climático de Glasgow ha aportado poco cuando se necesitaba muchísimo más.

Carbón: El texto final pide una “reducción progresiva”, en vez de una “eliminación” del carbón, entre los lobbies –que recordemos: si los lobistas de los combustibles fósiles fueran un país, tendrían la delegación más grande- y algunos países como India –en una intervención de última hora que pasará a la historia- han colaborado para retrasar un acuerdo definitivo sobre una cuestión crucial, ya que el carbón es la fuente de energía más contaminante.

Subvenciones a los combustibles fósiles: La misma indefinición para otro tema clave. Reducción progresiva, cuando lo que habría es que pactar una reducción vinculante y mucho más valiente, y evitar que los lobistas de la industria puedan entrar a las COP.

Metano: Acuerdo para reducir las emisiones para 2030. Insuficiente. Lo más esperanzador es que es uno de los puntos del acuerdo entre China y Estados Unidos, débil, pero sin duda necesario. El camino se bifurca: cooperación o desastre. No nos podemos permitir otra carrera entre potencias o bloques cuando lo que toca es frenar cada uno al ritmo que pueda o deba.

Reducción de emisiones: Nada. Poca novedad. Los países deberán actualizar sus planes el próximo año. Procrastinando que es gerundio. Y un buen brindis al sol sobre “emisiones cero netas” para que la procrastinación sea completa.

Financiación de los responsables a las víctimas: Va a ser que no. Mejora lo conseguido anteriormente, pero es que eso era fácil. Los países más desarrollados –tecnológicamente- se han negado a pagar “pérdidas y daños” no sea cosa que siente precedente y se tenga que hacer todos los años eso de los 100.000 millones –que, por cierto, se acordaron en 2009, en Copenhague, y aún no han tenido lugar ningún año desde entonces. Para que veamos lo fiables que son estos acuerdos si no son vinculantes.

Mercados de carbono: se ha logrado un paso importante, cerrar el artículo 6 del Acuerdo de Paris sobre los mercados de carbono. El problema es que los mercados de carbono sirven sobre todo a la industria fósil, para enterrar el problema y seguir pensando en compensar emisiones, en lugar de reducirlas, que es el único camino. Fiarlo todo al mercado no ha funcionado, así que confiar en que un tipo de mercado va a arreglar algo, es no entender nada.

También ha habido otros pequeños acuerdos sobre deforestación o dejar de fabricar coches de combustión para 2035, pero no dejan de ser, de momento, minoritarios e insuficientes.

Las perspectivas que deja la COP26 de Glasgow son dos:
Seguir cociéndonos lentamente, como la rana de la fábula que no escapaba de la olla porque la temperatura subía poco a poco.
O saltar abruptamente. No hay más.

La olla es el sistema productivista. Llámese capitalismo o socialismo. Si crees que a estas alturas, lo que hace falta es desarrollar las fuerzas productivas estás equivocado estés en el “bando” que estés. Esto no significa que ambos sistemas sean igual de responsables, significa que hay que saber mirar más allá de una dicotomía que nos sigue enfrentando cuando lo que tendríamos que hacer es buscar la manera de superarla. Si seguimos adelante, incluso con los acuerdos implementándose a tiempo (cosa muy muy dudosa, viendo el historial) y considerando que las emisiones son más o menos las que se declaran (cosa también muy dudosa gracias a una investigación del Washington Post que se hizo pública en plena COP) nos dirigimos a un calentamiento de entre 2’4 y 2’7 grados centígrados para final de siglo.

Por tanto, lo que toca ahora es lo que le toca a toda forma de vida, y hasta el propio IPCC o la Agencia Medioambiental Europea ya no pueden ocultar que nos toca. A nosotros. En esta década. Decrecer de una manera justa para que en los países menos afortunados no sea más infernal la transición a un mundo que no va a ser ni mucho menos tan abundante en energía como el actual, pero que puede ser más justo, más libre, con más tiempo para poder disfrutar, con menos contaminación, con menos microplásticos en la sangre, con menos partículas de CO2 en la atmósfera –la actual es la concentración más alta en 23 millones de años- y con tantas otras cosas que harían nuestra vida más rica, excepto en lo material.

Si os acordáis, al principio decía lo de que medio mundo no está por la labor. Bien, hablemos claro, que no hay tiempo que perder: ese medio mundo no son unas naciones concretas (aunque hay países como Arabia Saudita o Australia que suelen estar en la lista de villanos climáticos), son, generalmente, las clases más privilegiadas las que están retrasando la acción necesaria porque son las que más tendrían que perder con la transición. O eso creen. Erradamente. Porque la crisis de civilización que se bifurca en los problemas climáticos y energéticos no va a desaparecer. Y hacer como si no existiese, retardar la acción necesaria, o tratar de sacar beneficio en una suerte de “negocionismo” de la situación, lo único que va a hacer es agravarla.

Afortundamente hay otro medio mundo que está levantando la voz. En plena pandemia, se dieron marchas de más de 100.000 personas en las calles de Glasgow, la contracumbre de los pueblos enriqueció a los que asistimos a alguno de los 150 eventos oficiales que se organizaron. Los científicos continúan aumentando la potencia de sus actos. Ya no solo filtran informes. También protestaron encadenándose a un puente céntrico de Glasgow en la acción de desobediencia civil más grande de la comunidad científica jamás vista en la que 21 de ellos fueron detenidos. La revista Nature o la BBC se hicieron eco de esta acción, que está llamada a ser el principio de algo. Nuestra única esperanza radica en que cada vez más gente, esté dispuesta a hacer algo más que manifestarse, esté dispuesta –como ocurrió con el movimiento sufragista, el de los derechos de los pueblos colonizados, el de las luchas racializadas o contra el Apartheid- a arriesgar su integridad y su confort para desobedecer una ley injusta. Como dice la química y activista Vandana Shiva, no se trata de desobedecer una ley, se trata de obedecer una ley superior. Esa ley superior es el instinto de supervivencia.

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